TESTIMONIOS DE G4 DE BILBAO

Patrulleros del grupo 4 de la comisaría de la Ertzaintza en Bilbao, el más azotado por la pandemia, explican la dureza de su trabajo.

De los 84 agentes que forman el grupo 4 de la comisaría de la Ertzaintza en Bilbao, la que acumula más actuaciones en todo el País Vasco, 40 se encuentran de baja; la mayoría, con síntomas de coronavirus. Cuatro están ingresados y uno, el más grave, lleva días en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) del Hospital de Galdakao. Su mujer es ertzaina en su mismo equipo. «Somos una pequeña gran familia. Los momentos malos nos unen más», se enorgullecen. Sirva este artículo como homenaje a los patrulleros, que se enfrentan al Covid-19 en primera línea. Uno de los jefes de patrullas del grupo, dos cabos y un agente del ‘dispositivo Palanca’ y un ‘askatu’ (patrullero de paisano) explican a EL CORREO la dureza de su trabajo durante la cuarentena forzosa; los sinsabores, porque no todo el mundo lo agradece, y también algunas anécdotas. Dos de sus compañeros practicaron las detenciones de un joven que incumplía el confinamiento y su madre en San Francisco, que fueron grabadas desde una ventana. El vídeo se hizo viral en redes sociales y el jefe de la Ertzaintza anunció que la actuación sería investigada por la DIG.

Alfonso, jefe de patrullas

«En San Francisco, la mayoría silenciosa nos apoya»

Alfonso lleva 25 de los 31 años como ertzaina destinado en la comisaría de Bilbao. «Siempre en la calle». Ha visto de todo. Sufrió «los tiempos del plomo» de ETA. Le pintaron ‘cipayo’ en su domicilio y apareció en los papeles de un comando. Ahora le toca batallar en otra guerra bien distinta, pero también cruenta. «Lo peor es ver cómo los compañeros van cayendo uno a uno por el virus. Nos mata», se duele. Él mismo ha tenido que permanecer en cuarentena hasta ayer, que volvió a entrar en el turno de noche, para evitar complicaciones de salud, ya que recientemente sufrió una neumonía y había estado en contacto directo con colegas contagiados. Por fortuna, ha dado negativo en el test.

A este grupo, el más afectado por la epidemia, le tocó cubrir la primera semana de reclusión doméstica, entre el 15 y el 22 de marzo, la peor. «Fue bastante dura. Teníamos muchas dudas. Las instrucciones no eran claras, todo era nuevo para todos y no se sabía cómo se lo iba a tomar la sociedad. Veíamos lo que pasaba en Italia y China y sabíamos que nos enfrentábamos a momentos muy serios. La única forma que conocíamos de pararlo era que la gente se quedara en casa. Al principio, muchos se lo tomaban un poco a cachondeo, aunque es verdad que, poco a poco, la mayoría se ha ido concienciando».

El mayor problema han sido «los jetas». «Salen un montón de veces a comprar. Primero leche, luego tabaco, pan y así… Hablas con las cajeras del súper y te dicen que hay gente que va cuatro o cinco veces al día». Se han topado con una pareja que llegaba desde Santurtzi para comprar carne al mercado de La Ribera, con la excusa de que era «más barata». «Les había costado 22 euros y se habían gastado seis en cuatro billetes de metro. Acabaron denunciados». «Te cuentan todo tipo de películas. Un señor de unos 65 años que vive en la calle Mirador de Bilbao bajaba a comprar el pan y el periódico hasta la calle Gregorio de la Revilla, en el centro de Bilbao. Decía con toda naturalidad que le gustaba el pan de Lemona y que en su zona no hay quioscos. Y se hacía un recorrido urbano de dos kilómetros de ida y otros dos de vuelta».

Cuando sancionan a estos ciudadanos insolidarios, «te aplauden desde las ventanas». En San Francisco, sin embargo, les abuchean. El barrio concentra la mitad de las actas de denuncia por incumplimiento de las restricciones de toda la ciudad. «Hay dos tipos de gente, los que comprenden la gravedad de la situación y los que piensan que la cosa no va con ellos. Paramos a todo el que vemos por la calle, sea de la nacionalidad que sea». El jefe de patrullas cree que quienes les repudian «son los que más se hacen notar, pero no representan a la mayoría silenciosa, que opina que lo estamos haciendo bien, aunque no lo evidencia».

Se encuentran en la vía pública también a los ‘sin techo’ expulsados de los polideportivos donde están acogidos por su actitud violenta. «Moralmente, tampoco podemos hacer más; sabemos que no tienen casa a la que ir y no nos dan herramientas para afrontarlo. A la gente le cuesta entender que mientras ellos están encerrados en sus hogares, a esos chavales que están deambulando la Policía no les hace nada».

El oficial habilitado está «deseando volver al trabajo, porque sé que hace falta. Con ganas de sentirme útil. Además, tengo ya el congelador lleno de tápers», bromea.

«Nos montaron una cacerolada por denunciar a un chico que incumplía el confinamiento. Como si nos gustara todo esto»

Andoni, cabo ‘dispositivo Palanca’

«Esto acaba con la droga»

Es el más joven de los cinco, aunque lleva ya trece años con el uniforme azul y rojo. Admira y aprende cada día de sus compañeros, algunos de los cuales llevan trabajando juntos 25 años. Es uno de los cabos del ‘dispositivo Palanca’, que desde 1998 vigila el barrio de San Francisco, el más complicado policialmente hablando de la ciudad. Todo lo relacionado con los delitos empieza o termina allí. «Al principio fue un caos. Llovía y teníamos miedo de que, al mojarnos, nos bajaran las defensas, pero tampoco podíamos quedarnos en el coche. Desde dentro es difícil discernir si los motivos que alega la gente para estar en la calle están permitidos por el decreto de alarma».

Los ertzainas tenían dos opciones: «Pasar de todo o ser proactivos. No se puede permitir que algunos jueguen con la salud de los demás». Llegaban a casa «agotados» de hacer una entrevista tras otra. «Buenos días. ¿A dónde va?, ¿dónde vive?, ¿cuál es el motivo para que salga de casa?». El «olfato policial» les ayuda «a desmontar coartadas». «Hemos oído de todo, hasta historias inverosímiles que resultaron ser ciertas, como la de unos trabajadores que venían a San Francisco desde Barakaldo a que su jefe les pagara, porque no tenían móvil ni dinero para una cabina». Lo comprobaron y era verdad. Han llegado a elaborar una lista de carnicerías halal (según el rito musulmán) abiertas en Bizkaia, para ofrecérsela a quienes se acercaban hasta San Francisco desde otras localidades por este motivo. Son conscientes de que «este barrio vive en la calle, y si se la quitas, se queda cojo». «Los toxicómanos nos dicen que esto va a acabar con la droga, que no hay forma de conseguirla». Pero la salud es lo primero y en casa le esperan su hijo de 2 años y su mujer. Lamenta que el día del padre, el 19 de marzo, cuando denunciaban a un joven por saltarse el confinamiento, «nos montaron una cacerolada, como si nosotros estuviéramos encantados con esta situación». Se queda con el grito de un niño desde el balcón: «¡Gracias, Policía, muy bien!». «Vale más el silencio de esas personas que el ruido de otras», confiesa.

Txema, cabo ‘dispositivo Palanca’

«Nos jugamos los bigotes»

Ha pasado por la Brigada Móvil y Tráfico y, ya veterano, ha vuelto a Ugarteko, nombre en clave de la ertzainetxea de Bilbao. «Podía haber elegido otro destino más cómodo, pero aquí te sientes policía». Txema lleva 28 años en el cuerpo y también es agente primero. Trabajó «codo con codo, en la misma furgoneta, comiendo en la misma mesa», con algunos de los que ahora están en el hospital. Nos estamos jugando los bigotes». Estos días patrullan en vehículos de tres en tres para prevenir contagios. Nunca como ahora ha comprobado que «hay personas a las que el principio de autoridad se la trae al pairo. La multa no la van a pagar, porque son insolventes. Les ves hoy, mañana y pasado y no les puedes detener». Cree que habría que adoptar medidas como el ingreso en prisión. «Nosotros decidimos en segundos lo que otros tardan meses en valorar en un atestado».

Miguel Ángel y Mikel, agentes

«Duele más lo de dentro»

Miguel Ángel acudió en refuerzo de sus compañeros cuando, tras la detención de una madre y su hijo el pasado domingo, les tiraron de todo desde los balcones. Al llegar «vi un balde en medio de la calle y a un compañero agachado y protegiendo con el escudo a la mujer. Había mucha hostilidad, tuvimos que salir de allí pitando». Sin embargo, lo que más le ha dolido ha sido «lo de dentro, que te cuestionen los de arriba». Mikel patrulla como ‘askatu’, de paisano. Lamenta que al principio los guantes y mascarillas estaban contados y tenían que «reutilizarlos». «Nos dieron un kit a cada uno y si lo abríamos teníamos que justificarlo con una actuación». En estos días han tenido que acudir a levantar a un anciano que se había caído en su casa «con miedo de contaminarle». Extreman tanto las precauciones que, para hablarle al compañero, miran al cristal del coche en lugar de a la cara.

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